El fotógrafo italiano Giancarlo Ceraudo llevaba tiempo en Buenos Aires cuando conoció a la periodista y sobreviviente de la dictadura Miriam Lewin. Para entonces, Ceraudo había desarrollado una especie de obsesión: quería saber qué había pasado con los aviones desde los que se ejecutaron los vuelos de la muerte. A Ceraudo le parecía que los argentinos no le prestaban demasiada atención a los objetos, que podrían conducir a otras verdades. En esa búsqueda, el fotógrafo y la periodista encontraron en 2010 uno de los Skyvan que se habían usado para eliminar a quienes estaban cautivos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) –particularmente a las Madres de Plaza de Mayo y a las monjas francesas–. Ese avión será repatriado desde Estados Unidos en las próximas semanas.

Ceraudo está viviendo en Roma. Lewin pasa unos días en una quinta en Buenos Aires. Los dos están atentos al teléfono: siguen las novedades del anuncio de que finalmente el gobierno argentino traerá de regreso el Skyvan PA-51, uno de los cinco aviones de ese tipo que la Prefectura tenía durante la última dictadura. Los dos lo vieron hace años en Fort Lauderdale, en el estado de Florida, cuando era parte de la flota de la empresa estadounidense GB Airlink. Con el tiempo se pudo comprobar que allí habían sido trasladados hacia la muerte quienes eran parte del grupo que se reunía en la Iglesia de la Santa Cruz.

–¿Qué significa para ustedes la decisión de repatriar el Skyvan?

Giancarlo Ceraudo: –Yo no lo podía creer. En 2001 o 2002 empecé a buscar los aviones, porque para mí con los aviones se llegaba a los pilotos. Todos me decían que estaba loco. Después entendí que para los argentinos era mucho más importante obviamente la búsqueda de las personas que de los objetos. Yo entré en el avión justo diez años atrás. Lo vi en Fort Lauderdale en febrero de 2013, después de que los habían llevado presos a los pilotos.

Miriam Lewin: –Cuando pudimos acceder a ver el avión, fue una conmoción. Para mí fue una conmoción más fuerte todavía porque yo podría haber sido una pasajera de uno de esos vuelos de la muerte. Es un avión versátil. Es como el Ford Falcon de los aviones, paradójicamente. Son aviones construidos a fines de la década de 1950 que todavía están volando. El interior es muy tenebroso. Ver el avión físicamente fue una experiencia muy intensa. Yo no creía –más allá de la voluntad política– que, con todo lo que ocurrió desde que esta administración asumió el gobierno (entre otras cosas, la pandemia), que esto iba a llegar a concretarse. Es una cuestión de estricta justicia que esté ahí para que las nuevas generaciones lo vean, para que sepan desde dónde se arrojaban personas adormecidas a las profundidades del océano.

G.C.: – En la Armada, tenían cinco Skyvan y tres Electra (N.de R: el periodista de Página/12 Diego Martínez reveló la ubicación de los Electra) y no había pruebas de los vuelos. El único indicio de una fecha que había era con una foto trucha que la Armada armó con las monjas francesas en la que se las veía con una bandera de Montoneros atrás y un diario del 14 de diciembre de 1977, que era miércoles. Se sabe que los vuelos se hacían los miércoles y que esa noche desapareció el grupo de la Santa Cruz de la ESMA. Ese vuelo podría haberse hecho con cualquiera de los ocho aviones que tenía la Armada, pero se hizo con el que encontramos. Además, habían aparecido los cuerpos (de las Madres y de una de las monjas). Encajar todas estas piezas parece que estuviéramos hablando de un dibujo divino.

–Cuando ustedes encontraron el Skyvan, la Prefectura entregó todas las planillas de vuelo, pero no pasó lo mismo con la Armada.

M.L.: –Si Prefectura hubiera dependido de la Armada, esos papeles podrían no haber aparecido porque había una negativa de proporcionar la información. Pero, como Prefectura dependía del Ministerio de Seguridad –que, en ese momento, estaba a cargo de Nilda Garré– aparecieron las planillas. Y apareció una versión ampliada de las planillas que fue la que la Procuración analizó. Paradójicamente formaba también parte de ese equipo Carlos “Maco” Somigliana, que estuvo con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) cuando en el 2005 identificaron los cuerpos que habían aparecido en General Lavalle y fue también quien filtró las planillas de los vuelos de acuerdo a los criterios de nocturnidad, de que fueran miércoles, de que eran vuelos con origen y destino idénticos.

G.C.:– En el avión aparecen lo que se llaman technical log. No son planillas de vuelo reales sino que son papeles de anotación mecánica. Ahí dice las fechas, quiénes eran los pilotos que manejaban y el tiempo de vuelo. Las planillas –que entregó la Prefectura– te dan mucha más información.

–¿Por qué el Estado no estaba entonces detrás de estos aviones?

M.L.: –Es una de las cosas que a mí me llamaban muchísimo la atención. Cuando nos dijeron que todos los aviones deben tener estas planillas con datos reveladores y cuando Adolfo Scilingo le hace la confesión a Horacio Verbitsky en su libro El Vuelo, él menciona los modelos de avión que se habían utilizado para los vuelos de la muerte. Con ir a buscar esos aviones, que no eran tantos, se podría haber empezado a analizar. Me parece que el hallazgo de esta investigación es que no empezamos pidiéndoles a las fuerzas armadas la lista de los pilotos que estaban habilitados para hacer esos vuelos, sino que fuimos a buscar los aviones y en los aviones estaba la documentación. 

–¿Pudieron subir al Skyvan?

M.L.: No me animé. Vi el recinto ése tan oscuro y tan tenebroso desde abajo. Cuando me subí al Electra en el Camino de Cintura y me aproximé a la puerta, me alteró muchísimo pensar en todas las personas que yo había conocido que podrían haber sido arrojadas desde ese portalón. Se me ocurre que, como se arroja un puñado de flores al agua para los/as desaparecidos/as, quienes saben que sus seres queridos pasaron por la ESMA ahora podrán dejarles un puñado de flores al pie del avión. Es el último lugar donde estuvieron vivos. Es una situación muy horrible no tener dónde ir a llorar a un muerto.

G.C.: –Yo entré con Miriam al Electra y después grabé al interior del Skyvan. Fue muy distinto el impacto que tuve. En el Electra cuando me subí era mucho más parecido a un avión de pasajeros. Al contrario, cuando entré en el Skyvan, ahí podés visualizar los cuerpos desnudos. Fue muy fuerte –hasta para mí, que no soy un sobreviviente–.

– Los sobrevivientes tenían alguna información que les podía marcar la existencia de los vuelos, ¿pero la confesión de Scilingo operó como la comprobación?

M.L.: –Cuando después de los traslados veíamos la ropa de las personas que se habían llevado, nos decían que era porque como se los llevaban a la Patagonia les daban ropa adecuada. Y nosotros elegíamos creer. De la misma manera que yo nunca sospeché que se robaban a los pibes. Yo elegía creer que se los entregaban a las familias después de que nacían en la ESMA. Hay cosas que te parecen demasiado horrorosas.

G.C.: –Como extranjero, me parece que hay dos elementos que «exporta» la dictadura argentina: el Mundial del ‘78 y los vuelos de la muerte. La forma de exterminio es tan fuerte que llama la atención hacia afuera.

–Si pudieran resumirlo, ¿de qué es símbolo el Skyvan?

M.L: –De un refinamiento en la crueldad. Yo siempre digo que querían hacer desaparecer hasta los cuerpos de los desaparecidos. No solamente te arrancaban de tu entorno, de tu familia y del mundo, sino que, una vez que te mataban, querían que no quedara constancia de eso, que nadie pudiera ni recuperar ni tus huesos. Te arrojaron al mar para que nunca nadie jamás pudiera recuperar tus restos. Esto tiene dos vías: por un lado, es un castigo hacia la sociedad y hacia quienes te quisieron; por otro lado, es garantizarse la impunidad, que nunca haya prueba de que te mataron.

G.C.: –La mía es una respuesta mucho más personal, casi egoísta. El Skyvan fue una traición. Para mí, el avión era el símbolo de la libertad, de los viajes, de ser feliz. El Skyvan me traicionó porque me dio asco: era la primera vez que un avión me daba asco.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/519494-que-el-avion-sirva-para-que-las-nuevas-generaciones-sepan-de