Con el tema de «la Educación» en primer plano en la agenda, el Gobierno porteño avanza en reformas inconsultas con la comunidad educativa, pero que presenta –y le funcionan– a modo de plataforma electoral, mientras sigue disminuyendo el presupuesto y desoyendo las demandas que llevaron la semana pasada a 25 tomas de escuelas. En esa encerrona, uno de los temas que se recortó como novedad fue el de las pasantías obligatorias para el último año de la escuela secundaria en escuelas públicas, o “Actividades de Aproximación al mundo del trabajo” (ACAP), tal como han sido presentadas. ¿Por qué provocaron el rechazo unánime de docentes, estudiantes y familias? ¿No es necesaria hoy una aproximación al mundo del trabajo planteada desde la escuela? ¿No hay experiencias exitosas en algunos secundarios y provincias? ¿Cómo debería plantearse una pasantía?

Especialistas, docentes y directivos consultados por Página/12 coinciden en que la idea de pasantía no es mala per se; lo que provoca el contundente rechazo es el modo en que ha sido pensado e implementado en la Ciudad de Buenos Aires. «Fueron pensadas para que les sirvan más a las empresas a las que van los chicos a trabajar, que a las escuelas», analizan, al desgranar su forma de implementación. Denuncian que fueron hechas con marchas y contramarchas sobre la hora, sin planificación previa (algo fundamental en todo proceso educativo); sin acompañamiento docente en los lugares de trabajo, sin modo de ponerlas en relación con la currícula. Y, sobre todo, con un vínculo más estrecho y aceitado con las empresas receptoras, que con las escuelas que «proveen» a esos trabajadores no remunerados.  

El trabajo obligatorio se implementó en quinto año de las escuelas porteñas en abril de este año, exclusivamente en las públicas. En algunas escuelas privadas se lanzó una prueba piloto, que se extendería a la totalidad –aunque no hay confirmación oficial sobre esto– el año próximo.    

Dos casos que ilustran

Gracias a la atención mediática que suscitaron las tomas, recientemente se conocieron algunos de los «aprendizajes significativos» que el Gobierno porteño propuso a las escuelas públicas: lavar platos, servir café, preparar sánguches. En colegios como el Lengüitas, además, estudiantes denunciaron casos de acoso en el hotel al que habían sido enviadas a hacer «prácticas de idioma», que terminaron consistiendo en lavado de platos.

Se toman para esta nota dos casos entre tantos, incluido uno que podría pensarse como «virtuoso» desde el punto de vista de la especificidad de la práctica. En la Escuela Media 1 de Caballito, con orientación en Comunicación, los chicos fueron enviados a Radio Ciudad, y en este caso no para servir café en la redacción, como ocurrió en otras «prácticas de Comunicación», sino para «ver hacer» en el estudio. Van de a grupos de seis alumnos, una semana entera cada uno (es decir, esa semana dejan de ir a la escuela por completo).

«Teníamos veinte radios comunitarias para proponer, nos parecía que tenía más sentido, pero nos pedían tanto papelerío, que terminamos tomando el lugar que nos ofrecieron, porque bueno, vimos que no era un lavadero de autos», cuentan docentes de la escuela. «Pero, más allá de que es una radio y los chicos siguen Comunicación, el modo en que se propone hace imposible acoplar esta experiencia a las materias de quinto año. Los chicos tienen que hacer una especie de bitácora, los docentes deben armar un proyecto ad hoc, queda todo en el aire, pedagógicamente es insostenible. Es evidente que no tienen idea de cómo impacta en la realidad todo lo que proponen», analizan.

Apuntan también al modo en que se implementó, sin planificación posible: «La cantidad de tiempo y los grupos se cambió una y otra vez, siempre sobra la marcha. Es una falta de respeto», aseguran. Y describen la experiencia como «una cita a ciegas«. «Ningún docente los acompaña, los pibes van y vienen a la empresa sin pasar por la escuela. Al día de hoy no tuvimos problemas, pero eso va en suerte. Sentimos que todo esto es una gran caja negra. Y que la variable de ajuste es la escuela», denuncian.

Podría pensarse que los chicos y chicas del Normal 1, sin embargo, «tuvieron suerte». A otras escuelas con orientación en Comunicación (también en Economía y Administración) las mandaron a las cadenas de cines Cinemark Hoyts. Algunas de las actividades que oficialmente el Ministerio de Educación propone allí son: «Asesoramiento de uso de ATM (pantallas para hacer compras». «Métodos de producción, elaboración y comercialización de productos». «Atención al público, orientación de clientes en lobby, pasillos y salas». «Armado y entrega de alimentos y bebidas». «Acondicionamiento de salas entre función». «Organización de clientes en sala». «Métodos de producción de comidas calientes». «Corte de boletos».

Es decir que estos jóvenes dejan de ir a la escuela una semana para ir a servir pochoclos, limpiar las salas de cine entre función y función, explicar a la gente cómo se usan las pantallas para sacar entradas. Un trabajo que no tiene «nada de malo» per se, pero que en un futuro no demandaría calificación, desafío formativo ni experiencia previa alguna para quienes quieran o necesiten acceder a él. A eso se refieren los docentes cuando hablan de que se trata de una «puerta de entrada a la precarización laboral». La «bajada» de la Subsecretaría de Coordinación Pedagógica y Equidad Educativa aclara que están pensadas para el turno vespertino, de 17.30 a 21.30. Es decir, el horario en que la cadena necesita mano de obra.

Esther Levy, profesora adjunta de la cátedra Educación y Trabajo de Ciencias de la Educación de la UBA, quien lleva años investigando el tema, pone otro foco, no ya en lo que hacen, sino en lo que dejan de hacer estos estudiantes. «Para ir a servir pochoclos a un cine, los chicos pierden toda una semana en la que se les restan conocimientos de Filosofía, Historia, Matemáticas. Es altamente probable que en un futuro un joven pueda acceder a estos trabajos precarizados. Pero es muchísimo más improbable que vuelva a tener contacto con estas áreas del conocimiento, si no continúan estudios terciarios», analiza.    

Trabajo y empleo

«No estamos para nada en desacuerdo en el vínculo de la escuela con el mundo del trabajo. Sí estamos muy en desacuerdo con reclutar mano de obra gratuita para empresas», plantea la diferencia Esther Levy.

«Las ACAP, tal como están planteadas, no tienen nada de educativo. Les sacan a les chiques 120 horas cátedra, 80 reloj, en todo quinto año. Resignan horas de enseñanza por horas de trabajo precarizado», analiza. Y propone la diferencia entre trabajo y empleo. «Les están mostrando a los jóvenes que la única forma de insertarse en el mundo del trabajo es a través del empleo, además muy semi calificado. No hay debate ni enseñanza respecto de la complejidad de ese mundo del trabajo, y de otras formas como el cuentapropismo, la autogestión, el cooperativismo», reclama. 

«Es trabajo no remunerado: es explotación infantil«, concluye. Y denuncia que como los chicos no van acompañados por profesores, se está violando la ley 3.541 de la Ciudad, que su artículo 2 plantea que las prácticas profesionalizantes no son obligatorias. Hoy son numerosas las familias y los estudiantes que deciden no asistir a estas prácticas, pero en ese caso se les computan las faltas, y tampoco pueden ir a la escuela a tomar clases normalmente.

El ejemplo de la escuela técnica

El ejemplo que suele citarse como modélico en estos días –machacado por comunicadores como argumento de oposición a las tomas– es el de las escuelas técnicas. En 2005, la ley de educación técnico profesional volvió a vincular la educación con el trabajo. Fue el resultado de un amplio proceso de debate en que participaron los sectores docentes, académicos, sindicales, empresarios, cooperativos. Quienes participaron lo recuerdan como un modelo que no fue potestad ni del sector educativo ni del productivo exclusivamente, y que precisamente por partir del consenso llegó a buen puerto. Todo lo contrario a la «bajada obligatoria» que impone la cartera de Soledad Acuña con las ACAP. 

Desde entonces, en quinto y sexto año de la especialidad Mecánica los estudiantes volvieron a tener «prácticas profesionalizantes», planteadas dentro de la currícula durante doce horas semanales. Las realizan en plantas como la de Toyota en Zárate, y en otras grandes empresas del rubro (hoy faltaría sumar, analizan los especialistas, más empresas del mundo Pyme). En el resto de las especialidades las tienen solo en sexto año; así en Construcciones, por ejemplo, se realizan visitas de obra.

«En todos los casos estas prácticas están absolutamente vinculadas con la currícula: hay un diseño curricular y en función de eso se planifica en qué empresa se va a realizar la práctica, y no al revés», diferencia Cristina Rubio, secretaria de Educación Técnica de UTE, egresada del Otto Krause en la especialidad Mecánica y docente titular de taller en esa escuela. 

«No suele suceder, pero si por algún motivo no hay posibilidad de ir a una empresa acorde al contenido que se necesita, no van. En ese caso se trabaja en la escuela para que hagan todo el trayecto en el taller. No es lo mismo verlo en el ámbito laboral, desde luego, pero no se reemplaza por ‘lo que haya’ o ‘lo que ofrezcan’. Es decir, no se utiliza a los jóvenes para trabajar gratis. Se buscan prácticas vinculadas con sus títulos, siempre con el control y el acompañamiento de un profesor», describe. Entre otras cosas, ocurre que el alumno y las familias que eligen esa escuela, saben desde primer año cuáles son las empresas con las que la escuela suele conveniar; ese es, de hecho, muchas veces un factor de elección. Hay una planificación, una organización, y una vinculación duradera con los aprendizajes.   

Otros ejemplos posibles

Alejandro Artopoulos, profesor de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés en la materia Tecnología y Cambio Educativo, menciona otros ejemplos virtuosos. Los hay en el mundo, en sociedades y modelos educativos tan diferentes como el de Finlandia –donde todas las escuelas de nivel medio tiene una orientación definida por competencias y prácticas acordes–. Pero también, a su criterio, en provincias como Córdoba, que ha implementado las Escuelas Proa, orientadas a las nuevas tecnologías. 

Artoupoulos plantea una cuestión más de fondo: «Más allá de lo improvisado de la medida, lo que se ve es una preocupación por relacionar la educación secundaria y el trabajo», analiza. «Lo que están evitando es algo mucho más sustancial, que tiene que ver con la formación. No se visualiza un sistema educativo que se preocupe por formar para el trabajo, y esta idea tampoco va en ese sentido», concluye.  

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/488695-pasantias-en-escuelas-portenas-como-vincular-la-escuela-al-m

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